El mundo contra Trump

trump

Menos lamentos y más acción. El  multitudinario rechazo internacional contra el nuevo presidente americano debería ser aprovechado por la sociedad civil y los gobiernos democráticos del mundo para evitar que el nuevo inquilino de la Casa Blanca cumpla, una a una, sus incontables amenazas. La primera, -tras despreciar a su propio pueblo- poner en riesgo la frágil estabilidad mundial e intentar ahondar la divisiones geopolíticas, militares  y económicas  del  siglo mas convulso que acabamos de dejar atrás.

Ya sabemos que la falsaria democracia americana (puritanismo, libertad, protección, rectitud moral) estará dirigida durante cuatro años por un ignorante atrabiliario y energúmeno matón capaz por sí solo de disparar su dedo acusador contra todo lo que le disgusta o le lleve la contraría a su alrededor.

Justiciero universal

Lo de menos es que este justiciero universal pueda acabar apretando físicamente el fatídico botón nuclear, con la confianza de que en el último minuto un ápice de mínima sensatez le disuadiera. Lo peor es que durante los 1.458 días que le restan de mandato acabe apuntando los misiles intercontinentales a los cuatro puntos cardinales del planeta o intente co-dirigir el mundo desde el gran consejo de administración que ha conformado en Washington, a imagen y semejanza de sus propias empresas, aunque con sucursales en Wall Street, Exxon,  Golmand Sachs, Wells Fargo, News Corp. Moscú, Suiza, Israel…

Lo que millones de ciudadanos han expresado en la calle tras su toma de posesión, no es otra cosa que la necesidad de evitar que la beligerancia, xenofobia, racismo, odio, misoginia, avaricia, egolatría e ineptitud de Trump le conviertan en un nuevo dictador capaz de emular a los grandes monstruos de la historia.

Ultranacionalismo y puertas giratorias

En su particular cruzada interior, al multimillonario Presidente le han sobrado apenas dos horas para firmar la sentencia de muerte del programa de sanidad publica creado por Obama, instituir el Día Nacional del Patriotismo en todo el territorio de EE.UU. y nombrar  a los 15 miembros de su controvertido gabinete,  sin la presencia de latinos tras casi 30 años. Su última -y sectaria decisión- acaba de ser la supresión  del español de la “web” de la Casa Blanca.

La fortuna del nuevo Gobierno, estimada en unos 35.000 millones de dólares, supera el PIB de países como Bolivia (33.200), Paraguay (27.600), Letonia (27.000) o Camerún (29.200). El Ministro más llamativo (Secretario) podría ser el flamante titular de Justicia, Jeff Sessions, tras su coqueteo con el Ku Klux Klan (KKK), aunque otros colegas le superan en ultranacionalismo y trasvase de puertas giratorias empresa-gobierno. Rex Tillerson, nuevo secretario de Estado, acede a dirigir la poderosa diplomacia estadounidense desde la presidencia del gigante energético Exxon Mobil. A sus 64 años tiene una excelente relación con el presidente Putin que en 2013 le condecoró con la Orden de la Amistad. Como secretario de Trabajo ejerce ya, Andy Puzder, quien desde 1997 dirige un imperio de 3.750 restaurantes y 75.000 empleados de fast food o comida basura. El director de la CIA, Mike Pompeo, además del azote de Hillary Clinton es próximo movimiento ultraconservador Tea Party; mientras su Secretario del Tesoro y responsable de hacienda no es otro que Steven Mnuchin, banquero de Goldman Sachs durante 17 años, antes de crear su propia empresa de fondos de riesgo. Un general retirado, James Mattis, alias “Perro Loco” islamófono tras su paso por la guerra de Afganistan-, es el nuevo titular del Pentágono o ministro de Defensa.

La encrucijada europea

Los siguientes pasos del inquilino del despacho oval no serán otros que dinamitar los acuerdos trasatlánticos (TTP y NAFTA) en su estrategia de repliegue proteccionista, la retirada de la tímida cruzada americana contra el cambio climático,  e iniciar  la cuenta atrás para  recomponer el militarismo de la OTAN en el que ha dejado de creer. El único objetivo en el que puede concordar con sus hasta ahora aliados tradicionales será acabar con el terrorismo yihadista al que pretende aniquilar de la faz de la tierra, según su propias palabras.

Junto a Naciones Unidas y el resto de organismos internacionales, Europa debería ser la más interesada en intentar frenar el peligro nacionalista de la todavía primera potencia mundial. No en balde, desde el 2010 la UE es su principal socio comercial. Europa es el mayor exportador mundial de bienes y servicios. Nuestros principales socios, además, son China y Rusia, sin olvidar que también somos el principal mercado de exportación para más de 100 países. Para España, EE.UU. es su principal socio comercial. El mercado estadounidense fue en 2015 el sexto destino de nuestras exportaciones de bienes y  el tercero en inversión global con un 13% sobre el total.

De la crisis al populismo

En un año crucial con al menos cuatro elecciones en ciernes (Holanda, Francia, Alemania, República Checa e Italia probablemente), la resquebrajada Europa y sus respectivos gobiernos deberían reflexionar no solo sobre la gangrena ultraconservadora y populista que invade sus estados e infecta el tejido social,  también sobre los vientos huracanados que vienen del otro lado del Atlántico, traspasan los Urales y recalan en el mar de Beijing.

Por mucho que se quiera disimular, el desconcierto que viven las élites políticas mundiales es casi parejo al de sus respectivas económicas, aunque alejado del sufrimiento de gran parte de la sociedad.  En Davos se buscan ahora explicaciones a los cambios que está sufriendo el orden mundial impuesto en el último medio siglo sin acertar el rumbo que tomará la actual etapa de transición.

Quienes en la última década provocaron la crisis de las clases medias, el hundimiento de los más pobres y el aumento de la desigualdad lamentan ahora “la falta de confianza de los ciudadanos” –Christine Lagarde-.  “Es un error no reconocer que la clase media está preocupada”, sentencia el ex secretario del Tesoro de EE. UU., Larry Summers para quien el grueso de la sociedad siente que no se le escucha y expresa su enfado en las urnas. El ministro italiano de Economía advierte que tenemos que “tomarnos el populismo en serio” porque no están ofreciendo respuesta a los problemas pero sí “están recogiendo la preocupación de los ciudadanos”. “No todo es economía, pero la economía y los bajos salarios tienen que ver con el auge del populismo”, apunta Joseph Stiglitz, el Nobel que si vio venir al lobo y nadie le creyó.